constante deseo de conocer nuestros planos, su arresto fuera de nuestra tienda cuando los estaba escuchando, las furtivas miradas de odio que de vez en cuando alguno de nosotros había sorprendido. Aún lo estábamos discutiendo, intentando habituar nuestras mentes a estas nuevas condiciones, cuando una escena singular en la llanura de abajo llamó nuestra atención.
Un hombre de blanco, que no podía ser sino el mestizo superviviente, corría como se corre cuando la Muerte marca el paso.
Detrás de él, a pocos metros a su espalda, avanzaba a grandes saltos la enorme figura de ébano de Zambo, nuestro devoto negro.
Aun mientras mirábamos, este se abalanzó sobre la espalda del fugitivo y le rodeó el cuello con los brazos. Rodaron por el suelo juntos.
Un instante después, Zambo se levantó, miró al hombre prostrado y luego, agitándonos la mano alegremente, vino corriendo en nuestra dirección.
La figura blanca yacía inmóvil en medio de la gran llanura.
Nuestros dos traidores habían sido destruidos, pero el daño que habían hecho perduraba tras ellos. Por ningún medio posible podíamos regresar al pináculo. Habíamos sido nativos del mundo; ahora éramos nativos de la meseta. Ambas cosas estaban separadas y alejadas. Allí estaba la llanura que conducía a las canoas. Más allá, tras el horizonte violeta y brumoso, se encontraba el arroyo que llevaba de vuelta a la civilización. Pero el eslabón intermedio había desaparecido. Ningún ingenio humano podía sugerir un medio para tender un puente sobre el abismo que se abría entre nosotros y nuestras vidas