pasadas. Un solo instante había alterado todas las condiciones de nuestra existencia.
Fue en un momento así cuando conocí la pasta de la que estaban hechos mis tres camaradas. Eran graves, es verdad, y reflexivos, pero de una serenidad invencible. Por el momento solo podíamos sentarnos entre los arbustos con paciencia y esperar la llegada de Zambo. Al poco rato, su honesto rostro negro coronó las rocas y su figura hercúlea emergió en la cima del pináculo.
«¿Qué hago ahora?», exclamó. «Dime tú y lo hago».
Era una pregunta más fácil de hacer que de responder.
Una sola cosa estaba clara.
Él era nuestro único y fiel eslabón con el mundo exterior.
Por nada del mundo debía dejarnos.
—¡No, no! —gritó—. Yo no dejar a usted. Venga lo que viniere, usted siempre me encuentra aquí. Pero no poder cuidar indios. Ya dicen que demasiado Curupuri vive en este lugar, y se van a su casa. Ahora usted se va, yo no poder retenerlos.
Era un hecho que nuestros indios habían demostrado de muchas maneras últimamente que estaban cansados de su viaje y deseosos de regresar. Comprendimos que Zambo decía la verdad y que le sería imposible retenerlos.
—Haz que esperen hasta mañana, Zambo —grité—; entonces podré enviarles una carta de vuelta.
—Muy bien, ¡sarr! Prometo que esperan hasta mañana —dijo el negro—. ¿Pero qué hago por usted ahora?