una vieja bola de golf; hace mucho que se me cayó toda la pintura blanca. La vida ya puede darme estopa, que no me dejará ni un rasguño. Pero un riesgo deportivo, muchacho, eso es la sal de la existencia. Entonces vale la pena vivir de nuevo. Todos nos estamos volviendo demasiado blandos, apagados y cómodos. Dame los grandes yermos y los espacios abiertos, con un revólver en el puño y algo que buscar que valga la pena encontrar. He probado con la guerra, las carreras de obstáculos y los aeroplanos, pero esta caza de bestias que parecen sacadas de una pesadilla tras cenar langosta es una sensación totalmente nueva. —Soltó una risita de júbilo ante la perspectiva.
Tal vez me haya detenido demasiado en esta nueva amistad, pero va a ser mi compañero durante muchos días, y por eso he intentado describirlo tal como lo vi por primera vez, con su pintoresca personalidad y sus singulares pequeños hábitos al hablar y al pensar.
Fue solo la necesidad de redactar la relación de nuestro encuentro lo que al fin me apartó de su compañía. Lo dejé sentado en medio de su fulgor rosado, aceitando el mecanismo de su rifle favorito, mientras aún reía entre dientes al pensar en las aventuras que nos aguardaban.
Me quedaba muy claro que, si nos aguardaban peligros, no habría podido hallar en toda Inglaterra una cabeza más serena ni un espíritu más valiente con quien compartirlos.
Aquella noche, a pesar del cansancio que sentía tras los extraordinarios acontecimientos del día, me quedé hasta tarde con McArdle, el redactor jefe de noticias, para explicarle toda la situación; este la consideró lo suficientemente importante como para ponerla a la mañana siguiente en conocimiento de Sir George Beaumont, el director. Se acordó que yo escribiría a casa relatos detallados de mis aventuras en forma de cartas sucesivas dirigidas a McArdle, y que estas se adaptarían para la Gazette a medida que llegaran, o bien se retendrían