lanzándose hacia arriba en magníficas columnas hasta que, a una distancia enorme por encima de nuestras cabezas, alcanzábamos a distinguir tenuemente el punto donde abrían sus ramas laterales en curvas góticas ascendentes que se fundían para formar un gran techo enmarañado de verdura, a través del cual solo un ocasional rayo dorado de sol se precipitaba hacia abajo para trazar una fina y deslumbrante línea de luz en medio de la majestuosa oscuridad. Mientras caminábamos silenciosos sobre la espesa y blanda alfombra de vegetación en descomposición, se adueñó de nuestras almas ese silencio que nos embarga en la penumbra de la abadía, y hasta la voz resonante del profesor Challenger se redujo a un susurro.
Solo, habría ignorado los nombres de estos gigantescos crecimientos, pero nuestros hombres de ciencia señalaron los cedros, las grandes ceibas y las secuoyas, con toda esa profusión de plantas diversas que ha hecho de este continente el principal proveedor del género humano de aquellos dones de la naturaleza que dependen del mundo vegetal, al tiempo que es el más atrasado en aquellos productos que provienen de la vida animal.
Vívidas orquídeas y maravillosos líquenes de colores ardían sobre los oscuros troncos de los árboles y, donde un rayo de luz errante caía de lleno sobre la dorada alamanda, los racimos de estrellas escarlatas de la tacsonia o el profundo y rico azul de la ipomea, el efecto era como el sueño de un país de hadas.
En estas grandes extensiones de bosque, la vida, que aborrece la oscuridad, lucha siempre hacia arriba en busca de la luz. Cada planta, incluso las más pequeñas, se retuerce y encrespa hacia la superficie verde, enredándose en su esfuerzo con sus congéneres más fuertes y altos. Las plantas trepadoras son monstruosas y exuberantes, pero otras a las que nunca se les ha conocido tal hábito en ninguna otra parte aprenden