Entonces, de repente, del silbante círculo color pizarra emergió un largo cuello y un pico feroz lanzó una estocada contra nosotros. Otro y otro le siguieron. Summerlee dio un grito y se llevó la mano a la cara, de la que manaba sangre. Sentí un pinchazo en la nuca y me mareé por la impresión. Challenger cayó, y mientras me inclinaba para levantarlo, volví a recibir un golpe por la espalda y caí encima de él. En el mismo instante oí el estampido del fusil de elefantes de Lord John y, al levantar la vista, vi a una de las criaturas con un ala rota forcejeando en el suelo, escupiendo y gorgoteando hacia nosotros con el pico abierto de par en par y ojos saltones e inyectados en sangre, como algún demonio de un cuadro medieval. Sus camaradas habían volado más alto al oír el repentino ruido y daban círculos sobre nuestras cabezas.
—¡Ahora —gritó lord John—, ahora nos va la vida en ello!
A los tropezones avanzamos entre la maleza, y apenas habíamos llegado a los árboles, las harpías cayeron sobre nosotros de nuevo. Summerlee fue derribado, pero lo pusimos en pie y nos precipitamos entre los troncos. Una vez allí estuvimos a salvo, pues esas enormes alas no tenían espacio para desplegarse bajo las ramas.
Mientras cojeábamos de regreso, dolorosamente maltrechos y desconcertados, las vimos durante un buen rato volar a gran altura contra el azul intenso del cielo sobre nuestras cabezas, planeando en círculos, no más grandes que torcaces, con sus ojos sin duda aún siguiendo nuestro avance.
Por fin, sin embargo, al llegar a los bosques más densos, abandonaron la persecución y no volvimos a verlas.
—Una experiencia de lo más interesante y convincente —dijo Challenger, mientras nos deteníamos junto al arroyo y se lavaba una rodilla hinchada—. Estamos excepcionalmente bien informados, Summerlee, acerca de las costumbres del pterodáctilo enfurecido.