en una penumbra dorada, fluía el río verde y lúcido, hermoso en sí mismo, pero maravilloso por los extraños matices proyectados por la luz vívida de arriba, filtrada y templada en su caída. Claro como el cristal, inmóvil como una hoja de vidrio, verde como el borde de un iceberg, se extendía ante nosotros bajo su arbolea frondosa, y cada golpe de nuestros remos enviaba mil ondas a través de su superficie brillante. Era una avenida adecuada para una tierra de maravillas.
Todo rastro de los indios había desaparecido, pero la vida animal era más frecuente, y la docilidad de las criaturas demostraba que no sabían nada del cazador. * Pequeños monos peludos de terciopelo negro, con dientes blancos como la nieve y ojos brillantes y burlones, nos gritaban al pasar. * Con un chapoteo sordo y pesado, algún caimán ocasional se lanzaba desde la orilla. * Una vez, un tapir oscuro