—Tenemos que tener en cuenta —comentó Summerlee—, que hay muchas formas prehistóricas que nunca han llegado hasta nosotros. Sería imprudente suponer que podemos ponerle nombre a todo lo que probablemente encontremos.
—Exacto. Una clasificación aproximada puede ser lo mejor que podamos intentar. Mañana alguna prueba adicional quizás nos ayude a lograr una identificación. Mientras tanto, solo nos queda reanudar nuestro interrumpido sueño.
—Pero no sin un centinela —dijo lord John, con decisión—. No podemos darnos el lujo de correr riesgos en un país como este. Turnos de dos horas de aquí en adelante, para cada uno de nosotros.
—Entonces terminaré mi pipa mientras pongo en marcha la primera —dijo el profesor Summerlee; y a partir de ese momento nunca volvimos a fiarnos de estar sin un centinela.
Por la mañana no tardamos en descubrir el origen del espantoso estruendo que nos había despertado en la noche.
El claro de los iguanodontes era el escenario de una carnicería horrible.
A partir de los charcos de sangre y de los enormes trozos de carne esparcidos en todas direcciones sobre el césped verde, imaginamos al principio que se había dado muerte a varios animales, pero al examinar los restos más de cerca descubrimos que toda aquella matanza procedía de uno de aquellos monstruos torpes, que había sido literalmente despedazado por alguna criatura quizá no mayor, pero mucho más ferociente que él.
Nuestros dos profesores estaban sentados enzarzados en una discusión absorta, examinando pieza tras pieza, las cuales mostraban las marcas de dientes salvajes y de garras enormes.