Mientras marchaba, el último de los cuatro, no pude evitar sonreír al ver el aspecto de mis tres compañeros de delante.
¿Era este el lujoso lord John Roxton que había pasado aquella tarde en el Albany, entre sus alfombras persas y sus cuadros, bajo el resplandor rosado de las luces tintadas? ¿Y era este el imponente profesor que se había explayado tras el gran escritorio de su suntuoso estudio en Enmore Park? Y, por último, ¿podía ser este la figura austera y estirada que se había levantado ante la asamblea en el Instituto Zoológico?
No había tres vagabundos con los que uno pudiera cruzarse en un camino de Surrey que tuvieran un aspecto más desahuciado y andrajoso. Es verdad que llevábamos apenas una semana más o menos en la cima de la meseta, pero toda nuestra ropa de repuesto estaba en nuestro campamento de abajo, y esa única semana había sido muy dura para todos nosotros, aunque menos para mí, que no había tenido que soportar el trato de los hombres simio.
Mis tres amigos habían perdido los sombreros y ahora se habían atado pañuelos alrededor de la cabeza, sus ropas colgaban en jirones a su alrededor y sus rostros sucios y sin afeitar eran casi irreconocibles. Tanto Summerlee como Challenger cojeaban ostensiblemente, mientras que yo aún arrastraba los pies por debilidad tras la conmoción de la mañana, y tenía el cuello rígido como una tabla debido al estrangulamiento homicida que lo había apresado.
Éramos en verdad una triste comparsa, y no me extrañó ver que nuestros compañeros indios nos miraban de vez en cuando con horror y asombro en el rostro.
Al atardecer llegamos a la orilla del lago, y al salir de la maleza y ver la extensión de agua que se anteponía a nosotros, nuestros amigos nativos lanzaron un grito agudo de alegría y señalaron con entusiasmo hacia el frente. Era en verdad un espectáculo maravilloso el que teníamos ante nuestros ojos.