El bosque parecía estar lleno de los hombres simio; una y otra vez oímos su curioso parloteo chasqueante. En tales momentos nos metíamos en el grupo de arbustos más cercano y nos quedábamos quietos hasta que el sonido pasaba. Nuestro avance, por lo tanto, fue muy lento, y debían de haber pasado al menos dos horas antes de que viera, por los movimientos cautelosos de Lord John, que debíamos de estar cerca de nuestro destino. Me hizo señas para que me quedara quieto y él avanzó gateando. En un minuto estaba de vuelta, con el rostro temblando de entusiasmo.
—¡Ven! —dijo—. ¡Ven rápido! ¡Espero por Dios que no sea demasiado tarde ya!
Me descubrí temblando de nerviosa emoción mientras avanzaba a gatas y me tumbaba a su lado, mirando a través de los arbustos hacia un claro que se extendía ante nosotros.
Era un espectáculo que jamás podré olvidar hasta el día de mi muerte; tan extraño, tan imposible, que no sé cómo lograré hacérselo comprender, ni cómo dentro de unos años conseguiré creer en él si vivo lo suficiente para sentarme una vez más en un sillón del Savage Club y contemplar la gris solidez del Embankment. Sé que entonces me parecerá alguna salvaje pesadilla, algún delirio de fiebre. Sin embargo, lo dejaré por escrito ahora, mientras aún está fresco en mi memoria, y al menos uno, el hombre que yacía en la hierba húmeda a mi lado, sabrá si he mentido.
Un espacio amplio y abierto se extendía ante nosotros —de unos cientos de yardas de ancho—, todo de césped verde y helechos bajos que crecían hasta el borde mismo del abismo. Alrededor de este claro había un semicircular de árboles con curiosas chozas hechas de follaje amontonado unas sobre otras entre las ramas. Una gravera, en la que cada nido fuera una casita, transmitiría mejor la idea. Las aberturas de estas chozas y las ramas de los árboles abarrataban una densa