todo el proceso milenario de la naturaleza hubiera sido la creación de ese caballero de la corbata roja. ¿Pero se había detenido el proceso? ¿Había que tomar a este caballero como el tipo definitivo —el alfa y el omega del desarrollo—? Esperaba no herir los sentimientos del caballero de la corbata roja al sostener que, cualesquiera que fuesen las virtudes que ese caballero pudiera poseer en su vida privada, los vastos procesos del universo no se justificaban plenamente si su único fin era producirlo a él. La evolución no era una fuerza agotada, sino una que seguía trabajando, y aún mayores logros nos aguardaban.
Habiendo así, entre risitas generales, jugueteado muy lindamente con su interrumpedor, el conferenciante volvió a su cuadro del pasado, la desecación de los mares, la emersión del banco de arena, la vida perezosa y viscosa que se extendía por sus márgenes, las lagunas superpobladas, la tendencia de las criaturas marinas a refugiarse en loslodazales, la abundancia de alimento que les aguardaba, su consiguiente crecimiento descomunal.
—De ahí, damas y caballeros —añadió—, esa pavorosa prole de saurios que todavía aterrorizan nuestros ojos cuando se los ve en el Weald o en las pizarras de Solenhofen, pero que afortunadamente se extinguieron mucho antes de la primera aparición de la humanidad sobre este planeta.
“¡Pregunta!”, tronó una voz desde la tarima.
Mr. Waldron era un disciplinario severo con un don para el humor ácido, como demostró con el caballero de la corbata roja, lo que hacía peligroso interrumpirlo. Pero esta interrupción le pareció tan absurda que no supo cómo reaccionar. Así se ve el shakespeariano que se enfrenta a un rancio baconiano, o el astrónomo que es asaltado por un fanático de la tierra plana.