Durante mucho tiempo nos quedamos en un silencio horrorizado. Luego, lord John arrojó un manojo de ramitas al fuego, y su fulgor rojo iluminó los rostros concentrados de mis compañeros y titiló sobre las grandes ramas por encima de nuestras cabezas.
—¿Qué fue eso? —susurré.
—Mañana lo sabremos —dijo Lord John—. Estaba cerca de nosotros, no más lejos que el claro.
—Hemos tenido el privilegio de presenciar una tragedia prehistórica, el tipo de drama que ocurría entre los juncos a la orilla de alguna laguna jurásica, cuando el gran dragón aprisionaba al menor en el lodo —dijo Challenger, con más solemnidad de la que jamás le había escuchado en la voz.
—Sin duda fue una suerte para el hombre haber llegado tarde en el orden de la creación. En épocas anteriores hubo por ahí fuerzas contra las que ni su valor ni sus mecanismos habrían bastado. ¿De qué le habrían servido su honda, su propulsor o su flecha ante fuerzas como las que se han desatado esta noche? Incluso con un rifle moderno, todas las probabilidades estarían a favor del monstruo.
—Creo que debo apoyar a mi pequeño amigo —dijo Lord John, acariciando su rifle Express—. Pero la bestia sin duda tendría una buena oportunidad deportiva.
Summerlee levantó la mano.
—¡Silencio! —exclamó—. ¿Acaso no oigo algo?
Del silencio absoluto surgió un paf-paf profundo y regular. Era el andar de algún animal: el ritmo de unas almohadillas suaves pero pesadas