generalizada de «¿Dónde has conseguido ese cacharro?», de modo que se lo quitó apresuradamente y lo ocultó furtivamente bajo su silla. Cuando el gotoso profesor Wadley cojeó hasta su asiento, surgieron desde todas partes del salón afectuosas preguntas generales sobre el estado exacto de su pobre dedo del pie, lo que le causó una evidente vergüenza. La mayor manifestación de todas, sin embargo, se produjo con la entrada de mi nuevo conocido, el profesor Challenger, cuando avanzaba para ocupar su lugar en el extremo de la primera fila de la plataforma. Un grito de bienvenida tan estruendoso estalló cuando su barba negra asomó por primera vez a la vuelta de la esquina, que comencé a sospechar que Tarp Henry tenía razón en su conjetura, y que esta concurrencia no estaba allí únicamente por el placer de la conferencia, sino porque se había rumoreado por ahí que el famoso profesor tomaría parte en los acontecimientos.
Hubo algunas risas simpáticas a su entrada entre los bancos delanteros de espectadores bien vestidos, como si la manifestación de los estudiantes en este caso no les fuera desagradable. Aquel saludo fue, en verdad, un estallido espantoso de sonido, el alboroto de la jaula de los carnívoros cuando se oye a lo lejos el paso del cuidador que lleva el cubo. Había en él un tono ofensivo, tal vez, y sin embargo, en lo fundamental me pareció un mero griterío desenfrenado, la ruidosa acogida a alguien que los divertía y les interesaba, más que a alguien a quien quisieran o despreciasen. Challenger sonrió con cansado y tolerante desprecio, como un hombre bondadoso recibiría los ladridos de una camada de cachorros. Se sentó lentamente, infló el pecho, pasó la mano con afecto por su barba y miró con los párpados caídos y ojos displicentes la abarrotada sala ante él.