Había mucho que hacer por su parte, y de manera admirable lo hizo el fiel muchacho.
Ante todo, bajo nuestras indicaciones, desató la cuerda del tocón del árbol y nos arrojó uno de sus extremos. No era más gruesa que un cordel de tender la ropa, pero tenía una gran resistencia y, aunque no podíamos hacer un puente con ella, bien podríamos encontrarla invaluable si teníamos que escalar algo.
Luego ató su extremo de la cuerda al paquete de provisiones que había sido llevado arriba, y pudimos arrastrarlo hacia nosotros. Esto nos dio los medios de subsistencia por lo menos durante una semana, aun si no encontrábamos nada más.
Finalmente descendió y subió otros dos paquetes de mercancías variadas: una caja de municiones y una serie de otras cosas, todas las cuales cruzamos arrojándole nuestra cuerda y tirando de ella de vuelta.
Ya era de noche cuando por fin descendió trepando, con la seguridad final de que retendría a los indios hasta la mañana siguiente.
Y así es como he pasado casi la totalidad de esta primera noche nuestra en la meseta redactando nuestras experiencias a la luz de un único farol de vela.
Cenamos y acampamos en el mismo borde del abismo, apagando nuestra sed con dos botellas de Apollinaris que había en una de las cajas. Es de vital importancia para nosotros encontrar agua, pero creo que incluso el mismo Lord John había tenido suficientes aventuras por un día, y ninguno de nosvillanos sintió la inclinación de dar el primer paso hacia lo desconocido. Nos abstuvimos de encender fuego o hacer cualquier ruido innecesario.
Mañana (o hoy, más bien, pues ya amanece mientras escribo) haremos nuestra primera incursión en esta extraña tierra. Cuándo podré volver a