Me imagino que debe haber montones de esqueletos allí, si los buscáramos.
Tienen una especie de desfiladero despejado en la cima, y montan toda una ceremonia al respecto. Uno por uno, los pobres diablos tienen que saltar, y el juego consiste en ver si simplemente se hacen añicos contra el suelo o si quedan atravesados en las cañas. Nos llevaron a verlo, y toda la tribu se alineó en el borde. Cuatro de los indios saltaron, y las cañas los atravesaron como agujas de hacer punto en una bola de mantequilla. Con razón encontramos el esqueleto de aquel pobre yanqui con las cañas creciendo entre sus costillas. Era horrible, pero también condenadamente interesante. Todos estábamos fascinados viéndolos dar el salto, aun cuando pensábamos que nos tocaría a nosotros el turno en el trampolín a continuación.
“Bueno, no fue así. Retuvieron a seis de los indios para hoy—así es como lo entendí—, pero me imagino que íbamos a ser las principales estrellas del espectáculo. Challenger podría librarse, pero Summerlee y yo estábamos en el cartel. Su lenguaje es más de la mitad señas, y no fue difícil seguirles el hilo. Así que pensé que era hora de que nos escapáramos. Lo había estado planificando un poco y tenía una o dos cosas claras en la mente. Todo dependía de mí, porque Summerlee no servía para nada y Challenger tampoco mucho más. La única vez que se juntaron se pusieron a discutir porque no se ponían de acuerdo sobre la clasificación científica de estos demonios pelirrojos que nos habían capturado. Uno decía que era el dryopithecus de Java, el otro decía que era el pithecanthropus. Locura, es lo que digo—Chiflados los dos. Pero, como digo, había pensado en uno o dos puntos que eran de ayuda. * Uno era que estas bestias no podían correr tan rápido como un hombre a campo traviesa. Tienen piernas cortas y arqueadas, ya