contemplando la colina de lomo ancho, apenas podía ver la masa amarilla y verde de los bambúes por los que habíamos pasado; y luego, gradualmente, la vegetación aumentaba hasta formar el inmenso bosque que se extendía hasta donde alcanzaban la vista, y unos buenos dos mil millas más allá.
Aún me encontraba bebiendo este maravilloso panorama cuando la pesada mano del Profesor cayó sobre mi hombro.
—Por aquí, mi joven amigo —dijo—; vestigia nulla retrorsum. No mires nunca hacia atrás, sino siempre hacia nuestra gloriosa meta.
El nivel de la meseta, al dar la vuelta, era exactamente el mismo en el que nos encontrábamos, y la verde orilla de arbustos, con árboles dispersos, estaba tan cerca que costaba darse cuenta de lo inaccesible que seguía siendo.
A ojo de buen cubero, el abismo tenía cuarenta pies de ancho, pero, por lo que alcanzaba a ver, bien podrían haber sido cuarenta millas.
Pasé un brazo alrededor del tronco del árbol y me asomé al abismo. Allá abajo se veían las pequeñas y oscuras figuras de nuestros sirvientes, mirando hacia nosotros. La pared era completamente precipicio, al igual que la que tenía en frente.
—Esto es sin duda curioso —dijo la voz chirriante del profesor Summerlee.
Me volví y descubrí que estaba examinando con gran interés el árbol al que me aferraba. Aquella corteza lisa y aquellas hojas pequeñas y nervadas me resultaron familiares. «¡Vaya —exclamé—, es un haya!»
—Exacto —dijo Summerlee—. Un paisano en una tierra lejana.
—No solo un compatriota, mi buen señor —dijo Challenger—, sino también, si se me permite ampliar su símil, un aliado de primera