Tengo por compañeros a tres hombres notables, hombres de gran talento y de inquebrantable valor. Ahí radica nuestra única y exclusiva esperanza. Solo cuando contemplo los rostros serenos de mis camaradas vislumbro un rayo de luz a través de las tinieblas. Exteriormente confío en mostrar tanta despreocupación como ellos. Interiormente estoy lleno de aprensión.
Permítame darle, con el mayor detalle posible, la secuencia de acontecimientos que nos han conducido a esta catástrofe.
Cuando terminé mi última carta, indiqué que nos hallábamos a menos de siete millas de una enorme línea de acantilados rojizos que, fuera de toda duda, rodeaban la meseta de la que había hablado el profesor Challenger.
Su altura, a medida que nos acercábamos, me pareció en algunos lugares mayor de lo que él había afirmado —alcanzando en ciertos tramos al menos los mil pies— y presentaban unas extrañas estrías, de un modo que creo característico de los levantamientos basálticos.
Algo por el estilo puede verse en los Salisbury Crags de Edimburgo.
La cima mostraba indicios patentes de una vegetación exhuberante, con arbustos cerca del borde y, más atrás, numerosos árboles altos. No había indicios de ninguna clase de vida que pudiera detectarse.
Aquella noche levantamos nuestro campamento justo debajo del acantilado, un paraje de lo más salvaje y desolado. Los riscos que teníamos encima no eran simplemente perpendiculares, sino que se curvaban hacia afuera en la parte superior, de modo que cualquier ascenso era impensable. Cerca de nosotros se alzaba el alto y delgado pináculo de roca que creo haber mencionado antes en este relato. Es