La relación de semejanza, por tanto, debe ser un auténtico universal. Y una vez obligados a admitir este universal, descubrimos que ya no vale la pena inventar teorías difíciles e implausibles para evitar la admisión de universales tales como la blancura y la triangularidad.
Berkeley y Hume no lograron percibir esta refutación de su rechazo de las «ideas abstractas», porque, al igual que sus adversarios, solo pensaban en cualidades e ignoraban por completo las relaciones en cuanto universales. Tenemos, por tanto, aquí otro aspecto en el que los racionalistas parecen haber tenido razón frente a los empiristas, aunque, debido a la negligencia o negación de las relaciones, las deducciones hechas por los racionalistas eran, en todo caso, más propensas a ser erróneas que las hechas por los empiristas.
Habiendo visto ya que debe haber entidades tales como los universales, el siguiente punto que debe demostrarse es que su ser no es meramente mental.
Con esto se quiere decir que cualquier ser que les pertenezca es independiente de que las mentes piensen en ellos o los aprehendan de algún modo. Ya hemos tocado este tema al final del capítulo anterior, pero ahora debemos considerar más plenamente qué clase de ser es el que pertenece a los universales.
Considérese una proposición como «Edimburgo está al norte de Londres». Aquí tenemos una relación entre dos lugares, y parece evidente que la relación subsiste independientemente de nuestro conocimiento de ella. Cuando llegamos a saber que Edimburgo está al norte de Londres, llegamos a conocer algo que tiene que ver únicamente con Edimburgo y Londres: no causamos la verdad de la proposición al llegar a conocerla, por el contrario, meramente aprehendemos un hecho que estaba allí antes de que lo supiéramos.