suponer al hombre incapaz del tipo de conocimiento que generalmente se cree que posee.
Cuando, sin embargo, hablamos de la filosofía como una «crítica» del conocimiento, es necesario imponer cierta limitación.
Si adoptamos la actitud del escéptico absoluto, situándonos por completo fuera de todo conocimiento y pidiendo, desde esta posición exterior, ser compelidos a regresar al círculo del conocimiento, estamos exigiendo algo imposible, y nuestro escepticismo jamás podrá ser refutado.
Pues toda refutación debe comenzar con alguna pieza de conocimiento que los contendientes compartan; a partir de la duda absoluta, ningún argumento puede dar comienzo.
De ahí que la crítica del conocimiento que la filosofía emplea no deba ser de esta clase destructiva, si ha de lograrse algún resultado. Contra este escepticismo absoluto, no se puede aducir ningún argumento «lógico». Pero no es difícil ver que el escepticismo de esta clase carece de fundamento.