verdadero». Cuando se da el caso de que si esto es verdadero, aquello es verdadero, diremos que esto «implica» aquello, y que aquello «se sigue de» esto. Así, nuestro principio establece que si esto implica aquello, y esto es verdadero, entonces aquello es verdadero. En otras palabras, «todo lo implícito en una proposición verdadera es verdadero», o «cualquier cosa que se siga de una proposición verdadera es
Este principio está realmente implicado —al menos, instancias concretas del mismo están implicadas— en todas las demostraciones. Siempre que una cosa que creemos se utiliza para probar otra cosa, que en consecuencia creemos, este principio es relevante. Si alguien pregunta: «¿Por qué debo aceptar los resultados de argumentos válidos basados en premisas verdaderas?», solo podemos responder apelando a nuestro principio. De hecho, la verdad del principio es imposible de poner en duda, y su evidencia es tan grande que a primera vista parece casi trivial. Tales principios, sin embargo, no son triviales para el filósofo, pues muestran que podemos poseer un conocimiento indubitable que de ningún modo se deriva de objetos de los sentidos.
El principio anterior es meramente uno de entre un cierto número de principios lógicos evidentes por sí mismos. Al menos algunos de estos principios deben ser concedidos antes de que cualquier argumento o prueba sea posible. Cuando algunos de ellos han sido concedidos, otros pueden ser probados, aunque estos últimos, en la medida en que son simples, son tan obvios como los principios dados por sentados. Sin ninguna razón muy de peso, tres de estos principios han sido destacados por la tradición bajo el nombre de «Leyes del Pensamiento».
Son los siguientes:
- La ley de identidad: «Lo que es, es». - La ley de contradicción: «Nada puede ser y no ser al