La otra objeción a esta definición de verdad es que da por supuesto que el significado de «coherencia» es conocido, cuando, en realidad, la «coherencia» presupone la verdad de las leyes de la lógica.
Dos proposiciones son coherentes cuando ambas pueden ser verdaderas, y son incoherentes cuando al menos una de ellas debe ser falsa. Ahora bien, para saber si dos proposiciones pueden ser ambas verdaderas, debemos conocer verdades tales como la ley de la contradicción.
Por ejemplo, las dos proposiciones, «este árbol es un haya» y «este árbol no es un haya», no son coherentes debido a la ley de la contradicción. Pero si la ley de la contradicción misma se sometiera a la prueba de la coherencia, descubriríamos que, si optamos por suponerla falsa, ya nada sería incoherente con ninguna otra cosa.
Por lo tanto, las leyes de la lógica proporcionan el esqueleto o armazón dentro del cual se aplica la prueba de la coherencia, y ellas mismas no pueden establecerse mediante dicha prueba.
Por estas dos razones, no se puede aceptar que la coherencia otorgue el significado de la verdad, aunque a menudo es una prueba muy importante de la verdad después de que se ha conocido una cierta cantidad de verdad.
Por tanto, nos vemos empujados de nuevo a la «correspondencia con el hecho» como aquello que constituye la naturaleza de la verdad. Falta definir con precisión qué entendemos por «hecho», y cuál es la naturaleza de la correspondencia que debe subsistir entre la creencia y el hecho, para que la creencia pueda ser verdadera.
De acuerdo con nuestros tres requisitos, hemos de buscar una teoría de la verdad que (1) permita que la verdad tenga un opuesto, a saber, la falsedad, (2) haga de la verdad una propiedad de las creencias, pero (3) haga de ella una propiedad totalmente dependiente de la relación de las creencias con cosas exteriores.