o falsedad de estas escuelas opuestas. Debe admitirse, por las razones ya expuestas, que los principios lógicos nos son conocidos, y que ellos mismos no pueden ser probados por la experiencia, ya que toda prueba los presupone. En esto, por lo tanto, que era el punto más importante de la controversia, los racionalistas tenían razón.
Por otra parte, incluso aquella parte de nuestro conocimiento que es lógicamente independiente de la experiencia (en el sentido de que la experiencia no puede probarla) es, sin embargo, suscitada y causada por la experiencia. Es con ocasión de experiencias particulares como tomamos conciencia de las leyes generales que sus conexiones ejemplifican. Ciertamente sería absurdo suponer que existen principios innatos en el sentido de que los bebés nacen con un conocimiento de todo lo que los hombres saben y que no puede deducirse de lo que se experimenta. Por esta razón, la palabra «innato» ya no se emplearía para describir nuestro conocimiento de los principios lógicos. La frase «a priori» es menos objetable y