idea; * también lo es una voz que oímos, y así sucesivamente. Pero el término no se limita enteramente a los datos sensoriales. También habrá cosas recordadas o imaginadas, ya que con tales cosas también tenemos un conocimiento inmediato en el momento de recordar o imaginar. Todos esos datos inmediatos los
Luego pasa a considerar objetos comunes, como un árbol, por ejemplo. Demuestra que todo lo que conocemos inmediatamente cuando «percibimos» el árbol consiste en ideas en su sentido de la palabra, y sostiene que no hay el menor motivo para suponer que haya nada real en el árbol excepto lo que se percibe. Su ser, dice, consiste en ser percibido: en el latín de los escolásticos, su esse es percipi. Admite plenamente que el árbol debe seguir existiendo incluso cuando cerramos los ojos o cuando ningún ser humano está cerca de él. Pero esta existencia continuada, dice, se debe al hecho de que Dios continúa percibiéndolo; el árbol «real», que corresponde a lo que llamábamos el objeto físico, consiste en ideas en la mente de Dios, ideas más o menos parecidas a las que tenemos cuando vemos el árbol, pero que difieren en el hecho de que son permanentes en la mente de Dios mientras el árbol siga existiendo. Todas nuestras percepciones, según él, consisten en una participación parcial en las percepciones de Dios, y es debido a esta participación que diferentes personas ven más o menos el mismo árbol. Así pues, aparte de las mentes y sus ideas no hay nada en el mundo, ni es posible que se llegue a conocer jamás ninguna otra cosa, ya que todo lo que se conoce es necesariamente una idea.
Hay en este argumento bastantes falacias que han sido importantes en la historia de la filosofía, y que será conveniente sacar a la luz. En primer lugar, hay una confusión engendrada por el uso de la palabra «idea». Pensamos en una idea como algo esencialmente situado en la mente de alguien, y así, cuando se nos dice que un árbol consiste