los objetos contemplados y, con ello, al sujeto que contempla. Todo aquello que en la contemplación sea personal o privado, todo lo que dependa del hábito, del interés propio o del deseo, distorsiona el objeto y, por consiguiente, perjudica la unión que el intelecto busca. Al erigir así una barrera entre el sujeto y el objeto, tales elementos personales y privados se convierten en una prisión para el intelecto. El intelecto libre verá como Dios podría ver, sin un «aquí» y un «ahora», sin esperanzas ni temores, sin las trabas de las creencias consuetudinarias y los prejuicios tradicionales, con calma, con desapasionamiento, en el deseo único y exclusivo de conocimiento: un conocimiento tan impersonal, tan puramente contemplativo como le sea posible alcanzar al hombre. De ahí también que el intelecto libre valore más el conocimiento abstracto y universal en el que no entran los accidentes de la historia privada, que el conocimiento aportado por los sentidos y dependiente, como tal conocimiento ha de estar, de un punto de vista exclusivo y personal y de un cuerpo cuyos órganos sensoriales distorsionan tanto como revelan.
La mente que se ha habituado a la libertad y a la imparcialidad de la contemplación filosófica conservará algo de esa misma libertad e imparcialidad en el mundo de la acción y de la emoción. Considerará sus propósitos y deseos como partes del todo, con la ausencia de insistencia que resulta de verlos como fragmentos infinitesimales en un mundo en el que todo lo demás permanece inafectado por los actos de un solo hombre. La imparcialidad que, en la contemplación, es el deseo puro de la verdad, es exactamente la misma cualidad mental que, en la acción, es la justicia, y en la emoción es ese amor universal que puede prodigarse a todos, y no solo a aquellos que se juzgan útiles o admirables.