hablan —es decir, cuando oímos ciertos ruidos que asociamos con ideas y, simultáneamente, vemos ciertos movimientos de los labios y expresiones del rostro— es muy difícil suponer que lo que oímos no sea la expresión de un pensamiento, tal como sabemos que lo sería si nosotros emitiéramos los mismos sonidos. Por supuesto, cosas similares ocurren en los sueños, donde nos equivocamos en cuanto a la existencia de otras personas. Pero los sueños están más o menos sugeridos por lo que llamamos vida de vigilia, y es posible explicarlos más o menos mediante principios científicos si asumimos que realmente existe un mundo físico. Así, todo principio de simplicidad nos urge a adoptar la postura natural de que realmente hay objetos distintos de nosotros mismos y de nuestros datos sensoriales que tienen una existencia que no depende de que los percibamos.
Por supuesto, no es mediante la argumentación como llegamos originalmente a nuestra creencia en un mundo exterior independiente. Encontramos esta creencia ya dispuesta en nosotros tan pronto como empezamos a reflexionar: es lo que puede llamarse una creencia instintiva. Nunca nos habríamos visto conducidos a cuestionar esta creencia de no ser por el hecho de que, al menos en el caso de la vista, parece como si el dato sensorial mismo fuera instintivamente creído como el objeto independiente, mientras que la argumentación demuestra que el objeto no puede ser idéntico al dato sensorial. Este descubrimiento, sin embargo —que no es en absoluto paradójico en el caso del gusto, del olfato y del sonido, y solo ligeramente en el de al tacto—, deja sin disminuir nuestra creencia instintiva de que existen objetos que corresponden a nuestros datos sensoriales. Puesto que esta creencia no conduce a ninguna dificultad, sino que por el contrario tiende a simplificar y sistematizar nuestra explicación de nuestras experiencias, no parece haber ninguna buena razón para rechazarla. Podemos admitir, por tanto —aunque con una ligera duda derivada de los sueños—, que el mundo externo realmente existe, y no depende por completo para su existencia de que sigamos percibiéndolo.