cual la vida filosófica es serena y libre. El mundo privado de los intereses instintivos es pequeño, situado en medio de un mundo grande y poderoso que tarde o temprano reducirá a ruinas nuestro mundo privado. A menos que podamos ensanchar nuestros intereses de tal modo que abarquen todo el mundo exterior, seguimos siendo como una guarnición en una fortaleza asediada, sabiendo que el enemigo impide la fuga y que la rendición definitiva es inevitable. En una vida así no hay paz, sino una lucha constante entre la insistencia del deseo y la impotencia de la voluntad. De un modo u otro, si nuestra vida ha de ser grande y libre, debemos escapar de esta prisión y de esta lucha.
Una forma de escape es la contemplación filosófica. La contemplación filosófica no divide, en su más amplia mirada, el universo en dos campos hostiles —amigos y enemigos, benévolos y hostiles, buenos y malos—, sino que contempla el todo con imparcialidad. La contemplación filosófica, cuando es pura, no pretende demostrar que el resto del universo es afín al hombre.
Todo conocimiento adquirido es una ampliación del Yo, pero esta ampliación se alcanza mejor cuando no se busca directamente.
Se obtiene cuando el deseo de conocimiento es lo único que opera, mediante un estudio que no desea de antemano que sus objetos tengan este o aquel carácter, sino que adapta el Yo a los caracteres que encuentra en sus objetos.
Esta ampliación del Yo no se obtiene cuando, tomando el Yo tal como es, tratamos de demostrar que el mundo es tan semejante a este Yo que su conocimiento es posible sin admitir nada de lo que parece ajeno.
El deseo de demostrar esto es una forma de autoafirmación y, como toda autoafirmación, es un obstáculo para el crecimiento del Yo que desea, y del cual el Yo sabe que es capaz.