El argumento que nos ha conducido a esta conclusión es sin duda menos fuerte de lo que desearíamos, pero es típico de muchos argumentos filosóficos, y por lo tanto vale la pena considerar brevemente su carácter general y su validez.
Todo conocimiento, como descubrimos, debe edificarse sobre nuestras creencias instintivas, y si estas son rechazadas, no queda nada. Pero entre nuestras creencias instintivas algunas son mucho más fuertes que otras, mientras que muchas, por el hábito y la asociación, se han enredado con otras creencias que no son realmente instintivas, sino que se supone falsamente que forman parte de lo que se cree instintivamente.
La filosofía debe mostrarnos la jerarquía de nuestras creencias instintivas, empezando por aquellas que sostenemos con más fuerza, y presentando cada una lo más aislada posible y libre de añadidos irrelevantes.
Debe encargarse de mostrar que, en la forma en que finalmente se exponen, nuestras creencias instintivas no entran en conflicto, sino que forman un sistema armonioso. Nunca puede haber razón alguna para rechazar una creencia instintiva excepto que entre en conflicto con otras; por lo tanto, si se descubre que armonizan, todo el sistema se vuelve digno de ser aceptado.
Por supuesto, es posible que todas nuestras creencias, o cualquiera de ellas, sean erróneas, y por lo tanto todas debieran mantenerse con al menos un leve elemento de duda. Pero no podemos tener razones para rechazar una creencia salvo sobre la base de alguna otra creencia. De ahí que, organizando nuestras creencias instintivas y sus consecuencias, considerando cuál de ellas es más posible, de ser necesario, modificar o abandonar, podamos llegar, sobre la base de aceptar como nuestros únicos datos aquello que creemos instintivamente, a una