están en la mente» a las ideas en el otro sentido, es decir, a las cosas aprehendidas por nuestros actos de aprehensión. Así, mediante una equivocación inconsciente, llegamos a la conclusión de que todo lo que podemos aprehender debe estar en nuestras mentes. Este parece ser el verdadero análisis del argumento de Berkeley, y la falacia última sobre la que descansa.
Esta cuestión de la distinción entre acto y objeto en nuestra aprehensión de las cosas es de una importancia vital, ya que todo nuestro poder para adquirir conocimiento está ligado a ella.
La facultad de estar familiarizado con cosas distintas de sí misma es la característica principal de una mente. La familiaridad con los objetos consiste esencialmente en una relación entre la mente y algo distinto de la mente; es esto lo que constituye el poder de la mente para conocer las cosas.
Si decimos que las cosas conocidas deben estar en la mente, o bien estamos limitando indebidamente el poder de conocimiento de la mente, o bien estamos enunciando una mera tautología. Estamos enunciando una mera tautología si por «en la mente» entendemos lo mismo que por «ante la mente», es decir, si entendemos simplemente el ser aprehendido por la mente. Pero si queremos decir esto, tendremos que admitir que lo que, en este sentido, está en la mente, puede sin embargo no ser mental.
Así, cuando comprendemos la naturaleza del conocimiento, se ve que el argumento de Berkeley es erróneo tanto en el fondo como en la forma, y se descubre que sus razones para suponer que las «ideas» —es decir, los objetos aprehendidos— deben ser mentales no tienen validez alguna. De ahí que sus argumentos a favor del idealismo puedan descartarse.
Resta por ver si existen otras razones.