Estas entidades son aquellas que pueden ser nombradas por partes de la oración que no son sustantivos; son entidades tales como cualidades y relaciones. Supongamos, por ejemplo, que estoy en mi habitación. Yo existo, y mi habitación existe; pero ¿acaso existe «en»? Sin embargo, es obvio que la palabra «en» tiene un significado; denota una relación que se da entre mí y mi habitación. Esta relación es algo, aunque no podamos decir que existe en el mismo sentido en que existimos yo y mi habitación. La relación «en» es algo en lo que podemos pensar y que podemos comprender, pues, si no pudiéramos comprenderla, no podríamos comprender la frase «Estoy en mi habitación». Muchos filósofos, siguiendo a Kant, han sostenido que las relaciones son obra de la mente, que las cosas en sí mismas no tienen relaciones, pero que la mente las reúne en un solo acto de pensamiento y produce así las relaciones que juzga que ellas tienen.
Esta opinión, sin embargo, parece expuesta a objeciones similares a las que opusimos antes contra Kant.
Parece evidente que no es el pensamiento el que produce la verdad de la proposición «estoy en mi habitación». Puede ser verdad que una tijereta esté en mi habitación, incluso si ni yo ni la tijereta ni nadie más somos conscientes de esta verdad; pues esta verdad concierne únicamente a la tijereta y a la habitación, y no depende de ninguna otra cosa.
Por lo tanto, las relaciones, como veremos más plenamente en el siguiente capítulo, deben situarse en un mundo que no es ni mental ni físico. Este mundo es de gran importancia para la filosofía y, en particular, para los problemas del conocimiento a priori. En el siguiente capítulo procederemos a desarrollar su naturaleza y su repercusión en las cuestiones de las que nos hemos estado ocupando.