no nos dice cuánta reflexión puede ser necesaria para realizar el descubrimiento. Pero, de hecho, el «conocimiento» no es un concepto preciso: se funde en la «opinión probable», como veremos más detalladamente en el transcurso del presente capítulo. No se debe buscar, por lo tanto, una definición muy precisa, ya que cualquier definición de este tipo ha de ser más o menos engañosa.
La principal dificultad con respecto al conocimiento, sin embargo, no surge del conocimiento derivado, sino del conocimiento intuitivo.
Mientras tratamos con el conocimiento derivado, contamos con la prueba del conocimiento intuitivo a la cual apelar. Pero con respecto a las creencias intuitivas, no es nada fácil descubrir un criterio mediante el cual distinguir unas como verdaderas y otras como erróneas.
En esta cuestión es difícil alcanzar un resultado muy preciso: todo nuestro conocimiento de las verdades está infectado de cierto grado de duda, y una teoría que ignorara este hecho estaría claramente equivocada. Algo se puede hacer, sin embargo, para mitigar las dificultades de la cuestión.
Nuestra teoría de la verdad, para empezar, proporciona la posibilidad de distinguir ciertas verdades como «evidentes por sí mismas» en un sentido que garantiza la infalibilidad. Cuando una creencia es verdadera, dijimos, hay un hecho correspondiente, en el cual los distintos objetos de la creencia forman un único complejo. Se dice que la creencia constituye «conocimiento» de este hecho, siempre que cumpla con aquellas otras condiciones, algo vagas, que hemos estado considerando en el presente capítulo. Pero con respecto a cualquier hecho, además del conocimiento constituido por la creencia, también podemos tener el tipo de conocimiento constituido por la «percepción» (tomando esta palabra en su sentido más amplio posible).