(Esto es obvio, porque si todos los hombres son mortales, también lo es Sócrates; pero si Sócrates es mortal, no se sigue que todos los hombres sean mortales). De ahí que llegaremos a la conclusión de que Sócrates es mortal con un mayor grado de certeza si hacemos que nuestro argumento sea puramente inductivo que si recurrimos a «todos los hombres son mortales» y luego utilizamos la
Esto ilustra la diferencia entre las proposiciones generales conocidas a priori, tales como «dos y dos son cuatro», y las generalizaciones empíricas, tales como «todos los hombres son mortales».
Respecto a las primeras, la deducción es el modo correcto de argumentación, mientras que respecto a las últimas, la inducción es siempre teóricamente preferible y garantiza una mayor confianza en la verdad de nuestra conclusión, debido a que todas las generalizaciones empíricas son más inciertas que los casos particulares que las componen.
Hemos visto ya que hay proposiciones conocidas a priori, y que entre ellas se encuentran las proposiciones de la lógica y de la matemática pura, así como las proposiciones fundamentales de la ética.
La pregunta que debe ocuparnos a continuación es esta: ¿Cómo es posible que exista tal conocimiento?
Y más en particular, ¿cómo puede haber conocimiento de proposiciones generales en casos en los que no hemos examinado todos los casos particulares, y de hecho nunca podremos examinarlos todos, porque su número es infinito?
Estas cuestiones, planteadas por primera vez de forma destacada por el filósofo alemán Kant (1724–1804), son muy difíciles e históricamente muy importantes.