cosas, que la verdad es hecha por el hombre, que el espacio, el tiempo y el mundo de los universales son propiedades de la mente y que, si hay algo no creado por la mente, es incognoscible y carece de importancia para nosotros. Esta opinión, si nuestras discusiones previas fueron correctas, no es verdadera; pero, además de ser falsa, tiene el efecto de despojar a la contemplación filosófica de todo lo que le otorga valor, ya que encadena la contemplación al Yo. Lo que denomina conocimiento no es una unión con el no-Yo, sino un conjunto de prejuicios, hábitos y deseos que interponen un velo impenetrable entre nosotros y el mundo exterior. El hombre que halla placer en semejante teoría del conocimiento es como el hombre que nunca abandona el círculo doméstico por miedo a que su palabra no sea la ley.
La verdadera contemplación filosófica, por el contrario, encuentra su satisfacción en cada ampliación del no-Yo, en todo aquello que magnifica