La parte de la superficie de la tierra donde se asienta Edimburgo estaría al norte de la parte donde se asienta Londres, incluso si no hubiera ningún ser humano que supiera acerca del norte y del sur, y aun si no hubiera ninguna mente en absoluto en el universo. Esto es, por supuesto, negado por muchos filósofos, ya sea por las razones de Berkeley o por las de Kant. Pero ya hemos considerado estas razones y hemos decidido que son inadecuadas. Por lo tanto, ahora podemos dar por sentado que no se presupone nada mental en el hecho de que Edimburgo esté al norte de Londres. Pero este hecho involucra la relación «al norte de», que es un universal; y sería imposible que la totalidad del hecho no involucrase nada mental si la relación «al norte de», que es una parte constituyente del hecho, involucrara algo mental. De ahí que debamos admitir que la relación, al igual que los términos que relaciona, no depende del pensamiento, sino que pertenece al mundo independiente que el pensamiento aprehende pero no crea.
Esta conclusión, sin embargo, tropieza con la dificultad de que la relación «al norte de» no parece existir en el mismo sentido en que existen Edimburgo y Londres.
Si preguntamos «¿Dónde y cuándo existe esta relación?», la respuesta debe ser «En ningún lugar y en ningún momento».
No hay lugar ni tiempo donde podamos encontrar la relación «al norte de». No existe en Edimburgo más que en Londres, pues relaciona a ambas y es neutral entre ellas. Tampoco podemos decir que exista en ningún momento en particular.
Ahora bien, todo lo que puede ser aprehendido por los sentidos o por la introspección existe en algún momento particular. De ahí que la relación «al norte de» sea radicalmente distinta de tales cosas. No está ni en el espacio ni en el tiempo, ni es material ni mental; sin embargo, es algo.