notar que la imagen está en el presente, mientras que aquello que se recuerda se sabe que está en el pasado. Además, somos ciertamente capaces hasta cierto punto de comparar nuestra imagen con el objeto recordado, de modo que a menudo sabemos, dentro de límites más bien amplios, hasta qué punto nuestra imagen es exacta; pero esto sería imposible a menos que el objeto, en contraposición a la imagen, estuviera de algún modo ante la mente. Así pues, la esencia de la memoria no está constituida por la imagen, sino por tener inmediatamente ante la mente un objeto que se reconoce como pasado. A no ser por el hecho de la memoria en este sentido, no sabríamos que alguna vez hubo un pasado, ni seríamos capaces de entender la palabra «pasado», del mismo modo que un hombre ciego de nacimiento no puede entender la palabra «luz». Por consiguiente, debe haber juicios intuitivos de la memoria, y de ellos depende en última instancia todo nuestro conocimiento del pasado.
El caso de la memoria, sin embargo, plantea una dificultad, pues es notoriamente falaz y, por lo tanto, pone en duda la confiabilidad de los juicios intuitivos en general. Esta dificultad no es pequeña. Pero reduzcamos primero su alcance tanto como sea posible. A grandes rasgos, la memoria es confiable en proporción a la viveza de la experiencia y a su cercanía en el tiempo. * Si la casa de al lado fue alcanzada por un rayo hace medio minuto, mi memoria de lo que vi y oí será tan fiable que resultaría absurdo dudar de si hubo un destello siquiera. * Y lo mismo se aplica a experiencias menos vívidas, siempre que sean recientes. Estoy absolutamente seguro de que hace medio minuto estaba sentado en la misma silla en la que estoy sentado ahora. Repasando el