No existe ningún estado mental en el que seamos directamente conscientes de la mesa; todo nuestro conocimiento de la mesa es en realidad conocimiento de verdades, y la cosa real que es la mesa no nos es conocida en absoluto, rigurosamente hablando. Conocemos una descripción, y sabemos que hay un solo objeto al que se aplica esta descripción, aunque el objeto mismo no nos sea directamente conocido. En tal caso, decimos que nuestro conocimiento del objeto es conocimiento por descripción.
Todo nuestro conocimiento, tanto el conocimiento de las cosas como el conocimiento de las verdades, descansa sobre el conocimiento directo (acquaintance) como su fundamento. Por lo tanto, es importante considerar qué clases de cosas son aquellas con las que tenemos conocimiento directo.
Los datos de los sentidos, como ya hemos visto, se cuentan entre las cosas con las que estamos familiarizados; de hecho, proporcionan el ejemplo más obvio y llamativo del conocimiento por familiaridad. Pero si fueran el único ejemplo, nuestro conocimiento sería mucho más limitado de lo que es. Solo conoceríamos lo que está ahora presente a nuestros sentidos: no podríamos saber nada sobre el pasado—ni siquiera que hubo un pasado—, ni podríamos conocer verdad alguna acerca de nuestros datos de los sentidos, pues todo conocimiento de verdades, como mostraremos, exige familiaridad con cosas que tienen un carácter esencialmente diferente de los datos de los sentidos, aquellas cosas que a veces se llaman «ideas abstractas», pero que nosotros llamaremos «universales». Tenemos, por tanto, que considerar la familiaridad con otras cosas además de los datos de los sentidos si hemos de obtener un análisis más o menos adecuado de nuestro conocimiento.
La primera extensión más allá de los datos de los sentidos que debe considerarse es el conocimiento directo por la memoria. Es obvio que a menudo recordamos lo que hemos visto o oído o que de algún otro