Cuando queremos pensar en la blancura —decían—, formamos una imagen de alguna cosa blanca en particular y razonamos sobre este caso particular, teniendo cuidado de no deducir nada sobre él que no podamos ver que es igualmente verdadero para cualquier otra cosa blanca.
Como descripción de nuestros procesos mentales reales, esto es sin duda en gran medida cierto.
En geometría, por ejemplo, cuando deseamos demostrar algo acerca de todos los triángulos, dibujamos un triángulo en particular y razonamos sobre él, cuidando de no utilizar ninguna característica que este no comparta con los demás triángulos.
El principiante, para evitar errores, a menudo encuentra útil dibujar varios triángulos, tan distintos entre sí como sea posible, con el fin de asegurarse de que su razonamiento sea igualmente aplicable a todos ellos.
Pero surge una dificultad en cuanto nos preguntamos cómo sabemos que algo es blanco o un triángulo.
Si deseamos evitar los universales blancura y triangularidad, elegiremos alguna mancha particular de blanco o algún triángulo particular, y diremos que cualquier cosa es blanca o un triángulo si tiene el tipo correcto de semejanza con nuestro particular elegido.
Pero entonces la semejanza requerida tendrá que ser un universal. Dado que hay muchas cosas blancas, la semejanza debe darse entre muchos pares de cosas blancas particulares; y esta es la característica de un universal.
De nada servirá decir que hay una semejanza diferente para cada par, pues entonces tendremos que decir que estas semejanzas se asemejan entre sí, y así al fin nos veremos forzados a admitir la semejanza como un universal.