constantemente en el pasado, y siempre se ha descubierto que se parece al pasado, de modo que realmente tenemos experiencia del futuro, a saber, de tiempos que antes eran futuros, a los que podemos llamar futuros pasados. Pero tal argumento en realidad da por sentado el meollo de la cuestión. Tenemos experiencia de los futuros pasados, pero no de los futuros futuros, y la pregunta es: ¿Se parecerán los futuros futuros a los futuros pasados? Esta pregunta no ha de responderse mediante un argumento que parta únicamente de los futuros pasados. Todavía tenemos, por tanto, que buscar algún principio que nos permita saber que el futuro seguirá las mismas leyes que el pasado.
La referencia al futuro en esta pregunta no es esencial. La misma pregunta surge cuando aplicamos las leyes que funcionan en nuestra experiencia a cosas pasadas de las cuales no tenemos experiencia —como, por ejemplo, en geología, o en las teorías sobre el origen del sistema solar—. La pregunta que realmente debemos hacernos es: «Cuando se ha descubierto que dos cosas están a menudo asociadas, y no se conoce ningún caso en el que una ocurra sin la otra, ¿da la aparición de una de las dos, en un nuevo caso, algún buen motivo para esperar la otra?». De nuestra respuesta a esta pregunta debe depender la validez de todas nuestras expectativas respecto al futuro, la totalidad de los resultados obtenidos por inducción y, de hecho, prácticamente todas las creencias en las que se basa nuestra vida cotidiana.
Hay que admitir, para empezar, que el hecho de que dos cosas se hayan encontrado juntas a menudo y nunca separadas no basta, por sí mismo, para demostrar de manera concluyente que se encontrarán juntas en el próximo caso que examinemos. Lo más que podemos esperar es que, cuanto más a menudo se encuentren las cosas juntas, más probable sea que se encuentren juntas