Así pues, los universales no son pensamientos, aunque, cuando se conocen, son los objetos de los pensamientos.
Nos resultará conveniente hablar solo de las cosas existentes cuando están en el tiempo, es decir, cuando podemos señalar algún tiempo en el cual existen (sin excluir la posibilidad de que existan en todo momento). Así, los pensamientos y los sentimientos, las mentes y los objetos físicos existen. Pero los universales no existen en este sentido; diremos que subsisten o tienen ser, donde el «ser» se opone a la «existencia» por ser atemporal. El mundo de los universales, por lo tanto, también puede describirse como el mundo del ser. El mundo del ser es inmutable, rígido, exacto, deleitable para el matemático, el lógico, el constructor de sistemas metafísicos y todos aquellos que aman la perfección más que la vida. El mundo de la existencia es fugaz, vago, sin límites precisos, sin ningún plan o disposición claros, pero contiene todos los pensamientos y sentimientos, todos los datos de los sentidos y todos los objetos físicos, todo lo que puede hacer tanto el bien como el mal, todo lo que marca alguna diferencia para el valor de la vida y del mundo. Según nuestros temperamentos, preferiremos la contemplación del uno o del otro. Aquel que no prefiramos nos parecerá probablemente una pálida sombra del que preferimos, y apenas digno de ser considerado real en ningún sentido. Pero la verdad es que ambos tienen la misma pretensión a nuestra atención imparcial, ambos son reales y ambos son importantes para el metafísico. En efecto, tan pronto como hemos distinguido los dos mundos, se vuelve necesario considerar sus relaciones.
Pero antes que nada debemos examinar nuestro conocimiento de los universales. Esta consideración nos ocupará en el capítulo siguiente, donde veremos que resuelve el problema del conocimiento a priori, que fue lo que nos llevó en un principio a considerar los universales.