La esencia del tipo de entidad a la que se refería Platón es que se opone a las cosas particulares que nos son dadas en la sensación. Llamamos particular a todo aquello que nos es dado en la sensación, o que es de la misma naturaleza que las cosas dadas en la sensación; por oposición a esto, un universal será cualquier cosa que pueda ser compartida por muchos particulares y que posee aquellas características que, como vimos, distinguen la justicia y la blancura de los actos justos y de las cosas blancas.
Cuando examinamos las palabras comunes, hallamos que, en términos generales, los nombres propios representan particulares, mientras que otros sustantivos, adjetivos, preposiciones y verbos representan universales.
Los pronombres representan particulares, pero son ambiguos: solo por el contexto o las circunstancias sabemos qué particulares representan.
La palabra «ahora» representa un particular, a saber, el momento presente; pero al igual que los pronombres, representa un particular ambiguo, porque el presente cambia constantemente.
Se verá que no se puede construir ninguna oración sin al menos una palabra que denote un universal. La aproximación más cercana sería una afirmación como «Me gusta esto». Pero incluso aquí la palabra «gusta» denota un universal, pues puede que me gusten otras cosas, y a otras personas puede gustarles cosas. Así, todas las verdades implican universales, y todo conocimiento de las verdades implica el conocimiento directo de los universales.
Al ver que casi todas las palabras que se encuentran en el diccionario representan universales, resulta extraño que casi nadie, salvo los estudiantes de filosofía, llegue a darse cuenta de que existen entidades tales como los universales.