Aquí el nombre propio tiene el uso directo que siempre aspira a tener, como simple representación de cierto objeto, y no como una descripción del objeto. Pero si una persona que conocía a Bismarck emitía un juicio sobre él, el caso es diferente. Aquello con lo que esta persona estaba familiarizada eran ciertos datos sensoriales que conectaba (con razón, supondremos) con el cuerpo de Bismarck. Su cuerpo, como objeto físico, y más aún su mente, solo se conocían como el cuerpo y la mente conectados con estos datos sensoriales. Es decir, se conocían por descripción. Es, por supuesto, en gran medida una cuestión de azar qué características de la apariencia de un hombre acudirán a la mente de un amigo cuando piensa en él; por lo tanto, la descripción que realmente está en la mente del amigo es accidental. El punto esencial es que sabe que las diversas descripciones se aplican todas a la misma entidad, a pesar de no estar familiarizado con la entidad en cuestión.
Cuando nosotros, que no conocimos a Bismarck, emitimos un juicio sobre él, la representación en nuestras mentes será probablemente una masa más o menos vaga de conocimiento histórico —mucho más, en la mayoría de los casos, de lo que se requiere para identificarlo—. Pero, a los efectos de ilustrarlo, supongamos que pensamos en él como «el primer Canciller del Imperio alemán». Aquí todas las palabras son abstractas excepto «alemán». La palabra «alemán», a su vez, tendrá diferentes significados para diferentes personas. A unos les recordará viajes por Alemania, a otros el aspecto de Alemania en el mapa, y así sucesivamente.
Pero si hemos de obtener una descripción que sepamos que es aplicable, nos veremos obligados, en algún momento, a introducir una referencia a un particular con el que estamos familiarizados. Dicha referencia está implícita en cualquier mención del pasado, el presente y el futuro (en oposición a las fechas definidas), o del aquí y el allí, o de lo que otros nos han contado.