Supongamos que estamos comparando dos tonos de color, uno azul y otro verde. Podemos estar seguros de que son tonos de color diferentes; pero si el color verde se altera gradualmente para parecerse cada vez más al azul, convirtiéndose primero en un azul verdoso, luego en un verde azulado, y después en azul, llegará un momento en que dudemos de si podemos ver alguna diferencia, y luego un momento en que sepamos que no podemos ver ninguna diferencia. Lo mismo ocurre al afinar un instrumento musical, o en cualquier otro caso en el que haya una graduación continua. Así pues, la evidencia de este tipo es una cuestión de grado; y parece claro que los grados superiores son más dignos de confianza que los grados
En el conocimiento derivado, nuestras premisas últimas deben tener cierto grado de evidencia por sí mismas, y también debe tenerlo su conexión con las conclusiones deducidas de ellas.
Tomemos por ejemplo un razonamiento en geometría. No basta con que los axiomas de los que partimos sean evidentes por sí mismos: es necesario también que, en cada paso del razonamiento, la conexión entre la premisa y la conclusión sea evidente por sí misma.
En los razonamientos difíciles, esta conexión suele tener tan solo un grado muy pequeño de evidencia por sí misma; de ahí que los errores de razonamiento no sean improbables cuando la dificultad es grande.
De lo que se ha dicho es evidente que, tanto en lo que respecta al conocimiento intuitivo como al conocimiento derivado, si suponemos que el conocimiento intuitivo es digno de confianza en proporción a su grado de evidencia propia, habrá una gradación en la confiabilidad, desde