Seguía viviendo Solita en casa de doña Fermina Monsalud, a donde trasladó el pequeño mueblaje patrimonial; y su bondad y sencillez nativas, así como la gran desgracia que padecía, abriéronle pronto el corazón de la madre y el hijo.
Otras personas necesitan largo tiempo y trato para ganarse una amistad profunda; pero Solita a los ocho días ya era de la familia.
Durante las largas ausencias de Salvador, que estaba fuera casi todo el día y parte de la noche, la señora mayor y la señorita, sin dejar de la mano una y otra labor de utilidad o entretenimiento, no cesaban de discurrir sobre las probabilidades de que el señor Gil de la Cuadra fuese puesto en libertad; y como el tema las llevaba al áspero terreno de la política, concluían siempre diciendo mil desatinos, que en su buena fe y candor les parecían discretas observaciones o grandiosos descubrimientos.
—Dicen que va a caer el gobierno —indicaba doña Fermina—. Si entran después los que quieren que todo sea libertad y más libertad, no habrá presos.
—Lo que yo creo más probable —respondía Soledad— es que el rey se levante de mal humor cualquier mañanita, y mande a su caballerizo mayor a las Cortes. Desengáñese usted, de ahí viene todo el mal.
Algunos días veían los sucesos con alegres ojos; otros sombríamente y con tristeza.
—Tengo el corazón traspasado —decía Solita dejando caer sus lágrimas sobre la costura—. He cerrado un momento los ojos para rezar, y he visto a mi padre expirando en el calabozo.