—Señores —manifestó el ministro con la inquietud propia del que se ve abrumado de responsabilidad—. Es muy fácil resolver todas esas cuestiones fuera del gobierno, y cuando uno se mete tranquilamente en su casa sin dar cuenta a Dios ni al diablo de lo que hace. Ustedes hablan, como los libros, un lenguaje discreto; pero la práctica, señores, la práctica es cosa muy distinta. ¡Mudar una guardia! Parece la cosa más sencilla del mundo dicho así, como si se tratara de mudarse una camisa; pero los que estamos dentro del gobierno vemos las cosas de su tamaño. Repito que mudar mañana la guardia es pegar fuego a una hoguera. El gobierno trabajará; el gobierno tiene alguna influencia en las clases populares; aún puede contar con algunos comuneros que le sirven... No pasará nada; respondo de que no pasará nada.
—Mi compañero y yo —dijo el retórico, dispuesto a retirarse definitivamente— apreciamos la buena voluntad del gobierno; creemos que sus intenciones no pueden ser mejores; pero no podemos seguir asintiendo, en esta junta secreta, a los actos de debilidad y a la indeterminación que caracteriza a la política presente. En las Cortes evitaremos todo lo