—Gracias a Dios que se te ve por aquí —dijo Canencia dando un apretado abrazo al joven—. Sé que has venido de Francia hace más de veinte días..., ¡tunante!, y no te has dignado dar una vuelta por la logia... ¡Cuando sabes que te queremos tanto; cuando sabes que los señores te estiman mucho y desean hacerte hombre de pro...!
—Por tener ocupaciones graves no he podido venir —repuso Monsalud sentándose—. Me han dicho que esto anda muy revuelto, papá Canencia.
—No es esto un modelo de paz y concierto —dijo el anciano con cierto desconsuelo—. Las diversiones crecen, y la reciente fundación de los comuneros ha hecho mucho daño a la Sociedad... ¿Y tú en qué piensas? Me han dicho que los negocios del duque del Parque te dan de comer... Lo celebro.
—Vivo regularmente; no como ustedes, los hombres mimados de la situación, que están hechos unos bajás.
—¿Lo dices por mí? ¡Pobre Aristogitón! —exclamó Canencia con filosófica humildad—. Yo no disfruto otras delicias de Capua que las emanadas de un miserable destino en Correos. Pero estoy contento, contentísimo. Ya sabes que no soy ambicioso, que me precio de filósofo en la verdadera acepción de la palabra... Hijo mío, un pedazo de pan, un vaso de agua clara, un buen libro, un tiesto de flores: he aquí mis tesoros, he aquí mis necesidades, he aquí mi sibaritismo. Recordarás lo que dice el gran Juan Jacobo acerca de...
—Yo no recuerdo nada.