—Al cabo del mundo. Digan hora y lugar, y allá estaremos todos. No saldrá tan mal como la noche de los embajadores del Ruso y el Turco.
—Mañana... mañana... —dijo Regato meditando—. ¿Cuál será la mejor hora?
—Por la noche.
—No, por el día.
—A las doce del día —gritó el más decente de todos—. No se trata de ninguna traición, sino de una obra de justicia.
—¡Excelente idea! A las doce del día.
—Coram populo —murmuró Sarmiento.
—¡Botijos! A las doce en punto.
—Y ahora —dijo Regato levantándose—, a prepararse. La cosa puede ser sencilla si el gobierno deja a la Milicia en la guardia de la cárcel. Pero si pone tropa...
—¡Si se atreve a poner tropa, entonces...!
—Que ponga tropa —gritó Pelumbres dando un puñetazo—, y se hará justicia a la tropa.
—Eso es, justicia a la tropa.
—Porque no es más que justicia.
—Esta noche hay otra vez asamblea, señores —dijo Regato con misterio—. Mucho cuidado con los caballeros comuneros de corbatín almidonado y palabrejas finas. Dirán, como esta noche, que estamos locos.