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nydus/El Grande OrientePublic
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XX

Monsalud, contra su costumbre, hizo propósito de permanecer en su casa todo el día. Sin hacer nada en ella, tenía la inquietud y la movilidad exaltada de quien trae entre manos una ocupación grave. Iba y venía de una pieza a otra; hacía a su madre y a su hermana preguntas que ninguna de ellas entendía; se asomaba al balcón; hacía subir a don Patricio para darle órdenes; censuraba a veces que la casa no estuviese mejor dispuesta, y reprendía luego a las dos mujeres porque se agitaban arreglando las habitaciones.

Cerca del medio día se retiró a su cuarto. Solita entró en él. Llevaba un pañuelo atado alrededor de la cabeza para resguardarse del sutil polvo que zorros y escobas levantaban, y cubría su cuerpo con una falda bastante antigua, pieza de desecho cuyas funciones se concretaban a los días de limpieza. La figura de la joven no era con tal atavío un modelo de elegancia.

—Hermana, estás que no se te puede mirar —dijo Salvador observándola con cierta pena—. Es preciso que te pongas guapa.

—¿Yo?... ¿Cuándo? —repuso la joven con la mayor turbación—. ¿Y a qué vienen ahora esas guapezas?

—Me gustaría verte hoy arregladita y linda, como tú sabes ponerte cuando quieres. No es esto decir que me disguste verte así. Acá para entre los dos, siempre estás bien; pero...

—¿Vamos a algún baile? —preguntó Sola con malicia.

—No vamos a ningún baile —dijo Salvador con la torpeza que acompaña a las ideas de difícil explicación—; pero quisiera verte hoy como realmente eres; quisiera que cuantos entraran aquí te admirasen y reconocieran en ti...

—Bien te burlas de mí —dijo Solita llena de rubor—. Yo siempre estaré mal.

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