si gusta al cuarto de Romualda, que acaba de llegar.
Falfán salió.
Al verse solo con Campos, sintió Monsalud que en su pecho nacía uno de esos accesos de coraje que al varón más prudente le impulsan a acciones violentas y brutales. Levantose con los dientes apretados, las manos crispadas...
Campos vio que sobre él caía una tempestad. Cruzando las manos en ademán de súplica, detuvo al joven, diciéndole:
—Monsalud, por tu honor, por tu vida, cálmate... Soy tuyo, soy todo tuyo; te pertenezco. Pídeme lo que quieras. Da por conseguido lo que pretendes. Tu pariente, tu padre o lo que sea, saldrá de la cárcel... pero no hagas escándalos, no me comprometas... por Dios y por la Virgen Santísima, no alces la voz.