Andrea vaciló otra vez. Al fin, sacando de la cómoda una caja de finísima madera negra, la puso en manos de su cortejo.
—Si encuentras en ella cartas que no sean las tuyas, y un retrato que no sea el tuyo —dijo con gravedad—, puedes matarme. ¿Crees que no hay armas aquí? Mira esto.
Conservando la caja en la mano izquierda, metió la derecha en otro cajón de la cómoda y sacó un puñal. Era un arma preciosa, damasquinada y nielada, con puño berberisco adornado de turquesas.
—Este era de mi padre... ya lo has visto —dijo la indiana riendo—. Está destinado a mi esposo, para que me mate el día que le sea infiel.
Monsalud, poniendo a su lado el arma, tomó la caja y la abrió.
—Mi retrato —dijo sacándolo.
Andrea se apoderó del medallón y lo cubrió de besos.
—Tú sí que no me riñes, tú sí que no dudas de mí —le dijo a la pintura—. Tú sí que eres bueno y cariñoso y pacífico.
—Un paquete de cartas —dijo Salvador Monsalud—. Son las mías.
—Dámelas. Valen más que tú.
Andrea desató el paquete. Varias cartas cayeron al suelo. Al inclinarse para recogerlas, se sentó en una preciosa piel de tigre que cubría en parte la alfombra. Un rayo de sol que por la ventana entraba inundó de luz el pellejo muerto del animal y el cuerpo extraordinariamente vivo de la hermosa americana.
—Venid acá, prendas de mi corazón —exclamó recogiendo los papeles diseminados a su lado y poniéndolos sobre su lindo pecho—. Vosotras sí que sois amables y cariñosas; vosotras no reñís ni amenazáis.