CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/El Grande OrientePublic
Página 91 de 275
Table of Contents

IX

—Hombre, la verdad... a mí no se me ocurría tal cosa; pero mi sobrina Andrea, que a todo atiende, que todo lo prevé, que sabe tan bien adivinar las necesidades, me dijo no hace muchos días: «Es una vergüenza que hayan colocado tanta gente inepta, y esté sin destino Salvador Monsalud.» Comprendí que tenía razón, y le contesté que tú nunca habías pedido nada, y que en la casa del señor duque del Parque estabas muy bien... Ella me dio a entender que deseas la plaza.

—¡Yo!

—Tú. Andrea es excelente, es caritativa como ninguna, y estima mucho a todos mis amigos. Me ha dicho que habías estado en casa a verme; que no hallándome, esperaste largo rato; que estabas meditabundo y cariacontecido; que te dio conversación para distraerte; que hablando de cosas de la vida, le diste a entender con frases delicadas y parabólicas que deseabas un buen empleo; en suma, según mi sobrina, tú le rogaste con buenos modos que influyera conmigo para que el Grande Oriente te proporcionara una pingüe colocación.

—¡Qué falsedad!... Pero, ¿lo dice usted seriamente? —preguntó Monsalud con ira.

—¿Desmentirás a mi sobrina?

—Yo no desmiento a nadie. Simplemente digo que muchas gracias, y que guarde usted su credencial para otro.

Diciendo esto, Salvador clavó tenazmente los ojos en el semblante de Cicerón, tratando de leer en él los móviles de conducta tan extraña. Aquella extemporánea protección del Maestro sublime perfecto, otorgada precisamente a quien acababa de hacer a la congregación una ofensa grave, encerraba sin duda algún misterio. Conocía bastante Monsalud el carácter de Campos para creer en su benevolencia, y conocía bastante el Orden para suponerle capaz de dar a los que no pedían. Ni consideraba tampoco

91