fieros y vengativos. Capaces son de darle un disgusto a mi señor don Rígido... ¿Qué cree usted? —prosiguió poniéndosele delante y clavando en él sus ojos, cuya pupila brillaba con dorados y verdes reflejos—. Anoche ya estaban mis amigos muy incomodados con usted: llamábanle traidor por haber aceptado un destino de esa canalla masónica.
Monsalud seguía meditando.
—Y en rigor... —añadió el agente de Su Majestad—, la conducta de usted es algo sospechosa. Anoche tuve que platicar mucho para defenderle a usted... «Es un traidor», decían. «Pues si no nos sirve en su destino de carcelero, haciendo lo que le mandemos, lo pasará mal...» En fin, como son unos bárbaros, no es de extrañar que digan barbaridades. Yo me miraría muy bien antes de enemistarme con ellos.
El otro seguía meditando.
—Yo se lo digo a usted con franqueza —continuó Regato animándose ante la perplejidad del joven—, porque somos amigos, porque tengo particulares simpatías con usted, conociendo como conozco sus méritos, su buen corazón y mucho entendimiento. Tenga, pues, muy presente mi advertencia, pero muy presente. Si se resiste a ayudarme, no salga usted solo por las noches, ni vuelva a poner los pies en la asamblea ni en sitio alguno donde nos reunamos. Además, los antecedentes políticos del caballerito no son tales que pueda estar tranquilo, si alguien se propone hacerle daño.
—No creo tener enemigos —dijo casi maquinalmente Salvador.
—Téngalos o no, usted es un hombre que no ha dejado de cometer errores en su vida.
Salvador le miró con tristeza.
—Y entre ellos se cuenta —continuó Regato— el haber tenido relaciones con Amézaga, el poseedor de los secretos del rey en Valencey.