—Muy bien... Porque habéis de saber que Cayo Graco fijó el precio del trigo para que los pobres tuvieran el pan barato. Como que era un hombre que no vivía sino para el pueblo y por el pueblo. Luego les probó a los senadores que estaban robando el tesoro del reino... digo, de la república. Así es que aquellos tunantes no querían que Cayo Graco fuese elegido diputado... Decid, niño, ¿cómo llamaban entonces a los diputados de la nación?
—Les llamaban Aglaé, Pasitea y Eufrósina.
—Zopenco, esos son los nombres de las tres Gracias... De rodillas, pronto de rodillas... ¡Valiente borriquito tenemos aquí!... Tú, Gallipans, responde.
—Les llamaban tribunos de la plebe, y había cuatro órdenes de ellos, a saber: el toscano, el jónico, el dórico y el corintio.
—Has empezado como un sabio y concluyes como una mula. ¿Qué berenjenal es ese que haces mezclando a los diputados de Roma con los órdenes de arquitectura?... Pues bien, les llamaban tribunos de la plebe. El Senado, aquella pandillita de hombres ambiciosos, que acaparaban los destinos gordos, las superintendencias, las secretarías y, ¿por qué no decirlo?, los ministerios, no querían que Cayo Graco fuese tribuno y estorbaban su elección por medio de intriguillas. ¿Qué habían de querer, si en todas las sesiones de Cortes les ponía de hoja de perejil? No se mordía la lengua el gran patriota, y en plazas y cafés, en el foro y en los pórticos de las iglesias, por doquiera, señores, convocaba al pueblo para enseñarle las doctrinas constitucionales, y condenar la tiranía y los tiranos... Decidme ahora, niño, ¿quién era el cónsul Opimio?
—El cónsul Opimio.
—Muy bien dicho. Un fatuo, un pedante, un cobarde, un servilón, una especie de persa que salía siempre a la calle escoltado por una cohorte